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domingo, 10 de marzo de 2013

EL REENCUENTRO, LA GENERACIÓN DE LA SECUNDARIA DE COZUMEL



“… me gusta ir con el verano muy lejos pero volver donde mi madre en invierno, y ver los perros que jamás me olvidaron y los abrazos que me dan mis hermanos...”

Facundo Cabral.

No sé si ustedes hayan vivido una experiencia como ésta pero si no es así les comparto la mía: 

A los 17 años emigré de la isla de Cozumel y en ella se quedaron no sólo mis padres sino también mi infancia y mi adolescencia. A los 24 regresé pero sólo estuve unos meses porque volví a salir en busca de nuevos horizontes.

Pasaron muchos años hasta que un día (en 2001) recibí una sorpresiva pero muy agradable invitación. Eran mis ex compañeros de la secundaria que organizaban la fiesta de la generación 1978-1981 –a 20 años de haber egresado– y solicitaban mi presencia. Acudí a la convocatoria y créanme la experiencia de volver a tu pueblo es única. Volver a Cozumel en esas condiciones es como meterte al túnel del tiempo.

Desde el barco se ve la franja oriental de tierra y al llegar al muelle se te agolpan los recuerdos a cada instante. Te detienes en cada lugar que reconoces y aunque se encuentre de otra forma te ves corriendo, jugando y platicando por aquellos días, en aquel parque, cine o malecón. Es como soñar con los ojos abiertos.

Por supuesto ya no eres la misma persona: has perdido una cantidad considerable de cabello y subido notablemente de peso. Ahora traes una barba de candado que te disimula la papada pero no puedes ocultar las canas y las arruguitas propias de tu edad. Aun así, con todo y ese “disfraz” de maduro que traes puesto, los cozumeleños son expertos en reconocer a la gente por muy cambiada que crea estar y aparecen los primeros saludos, unos de mano y otros de toquido de claxon. A la distancia escuchas tu nombre, otros te gritan mencionando el apellido o el apodo.

LA FIESTA

Por la noche, durante la fiesta, te encuentras a los de tu grupo o mejor dicho a los de todos los grupos porque la secundaria tenía cinco: A, B, C, D y E, y te da un enorme placer volver a ver a tus amigos, aunque te das cuenta que ellos también llevan el mismo disfraz de maduros. Y algo muy simpático, según te alcanza la memoria tú sólo te llevabas con un grupo reducido de personas, tus meros “carnales”, tus “compas”, aquellos que sabían santo y seña de tu vida, pero también estaban los pesaditos, los que se creían ricos, los vándalos, el club de las “bonitas” y su antagónico el grupito de las NO tan bonitas.

Hasta donde te quedaste había gente con la que nunca habías cruzado media palabra por mutuo desinterés, pero esa noche están todos, incluso el tipo con el que te agarraste a golpes por una tontería y que hasta hoy entiendes que lo fue. Por allá y por acullá están las muchachas que te gustaban y evidentemente no podía faltar la chica por la que suspirabas y que al sentirte lejos de ella querías cortarte las venas.

Sin embargo en esa noche ocurre algo mágico, es la magia del tiempo manifestada en madurez. Los pesaditos ya no te parecen tan desagradables, incluso te simpatizan, a los que se creían ricos la vida lo ha ubicado o fortalecido, y qué decir de los vándalos que ahora son profesionistas destacados. Por lo que hace a las bonitas ya no las ves tan inalcanzables.

Cuando menos te das cuenta ya has saludo a casi todos con excepción de dos o tres personas que estás seguro son las esposas o los esposos de tus ex compañeros, pero resulta que ellos son tus ex compañeros, los mismos que has estado ignorando durante toda la noche porque están irreconocibles, mucho más “gastaditos”, o bien porque eran gordos y adelgazaron o porque era delgados y engordaron. Ocurre todo lo contrario con aquellos que parecen haberse metido a la cámara criogénica porque literalmente están I-GUA-LI-TOS. Luego te topas con la chica de tus sueños y te das cuenta que el tiempo voló y que de tu percepción de adolescente ya no queda nada

En la madrugada y al calor de los alcoholes el grupo se reduce y se entra en confianza. Es tiempo de “decirse las netas”. ¿Y a ti quién te gustaba? – preguntan insistentemente las compañeras. Nunca lo hagan. Hay secretos de Estado que no se desclasifican y menos en esas condiciones porque, o bien quedas como un imbécil en tiempo pasado por no habérselo dicho en su momento, o bien como un imprudente en tiempo presente por hacerlo en público y delante de ella. La respuesta que mejor te acomoda, como hombre, es decir “¿a mí? Todas”.

Definitivamente fue una noche inolvidable que ocurrió hace 10 años y que tendrá una nueva edición este sábado 30 de julio de 2011 (también en Cozumel) cuando se cumplan los 30 años de haber salido de la secundaria pero esa, esa ya es otra historia.

Francisco Verdayes Ortiz
Cancún, Quintana Roo, México
Miércoles 27 de julio de 2011

¿LOCURA O MILAGRO? UNA HISTORIA QUE MANTUVE CALLADA




Dedicado a los creyentes y a los NO creyentes…

Nunca fui un buen alumno en la secundaria y mi “coco” –como el de muchos– siempre fueron las matemáticas. No había año que no estuviera en los exámenes de recuperación.

Andaba por los 15 años de edad cuando decidí que hasta la secundaria llegaría mi azarosa vida estudiantil, pues la escuela no era lo mío. No sé por qué razón se me complicaba tanto esta materia, el caso es que por más que me esmerada nomás no me entraba a la razón.

Reprobar matemáticas en la recta final de la secundaria fue un verdadero golpe al corazón de mis padres. Ellos ya se veían en la fiesta de graduación; incluso mi viejo consiguió que un connotado empresario cozumeleño fuera mi padrino, pero uno de los requisitos para poder estar en esa fiesta era no adeudar materias. Tenía entonces la posibilidad de los exámenes de recuperación y aun así las cosas se me complicaron. Reprobé la primera y no recuerdo si también la segunda instancia, el caso es que quedé fuera de la noche de graduación.

Días después vi a mi padre llorar como un niño mientras que hablaba por teléfono y recuerdo que todavía, estúpidamente, quise bromearlo, pero mi madre me paró en seco y me aclaró que aquellas lágrimas eran precisamente por mí. A mí “Jefe” le había dolido que su hijo estuviera dentro de los marginados ¿Cómo decirle al padrino que siempre no? Mis padres esperaban mucho de mí, y los decepcioné.

Sin embargo, lo más grave estaba por venir. Aunque si bien la mencionada fiesta quedaba atrás, todavía estaba por definirse si salía de la secundaria o debía repetir el ciclo escolar. Todo dependía de mí y de mi última oportunidad conocida como “examen extraordinario”.

LAS FIGURAS GEMELAS DE SAN JUDAS

Nunca he sido una persona muy cercana a la religión, y por esas fechas lo más aproximado que estuve a la espiritualidad fue la celebración de mi Primera Comunión, que realicé en la capital del país. Al catecismo habré ingresado casi de contrabando, con un curso ya muy avanzado, sin exámenes de por medio y honestamente sin mucha vocación por parte mía, tendría unos siete años de edad cuando eso ocurrió.

Contrario a mi indiferencia hacia lo sacro, mi madre sí suele ir a misa y desde hace muchos años es fiel devota de San Judas Tadeo; santo al que suele encomendarse con menuda frecuencia. La primera vez que escuché el nombre de San Judas pensé que era una broma ¿cómo puede ser santo el hombre que traicionó a Jesucristo? La corrección me llegó al instante, casi a punto de coscorrones: uno es Judas Tadeo,  el otro es Judas Iscariote, nunca más los volví a confundir.

A finales de los 70, mi madre y una hermana suya se hicieron de un par de figuras de San Judas Tadeo que compraron en alguna tienda especializada en la capital del país. Las dos decían que era una imagen hermosa, pero como no era un tema que me interesara pues nunca lo vi al detalle. Una de esas “hermosuras” se quedó en la casa de mis abuelos, en el Distrito Federal, y la otra viajó hasta Cozumel en donde radicábamos. Mi madre incluso presumía que cuando lo llevó a bendecir a la iglesia de San Miguel, el sacerdote de la isla (Padre Javier Orozco Camarena) pidió que lo donaran, pero el San Judas regresó sano y salvo a la casa, y una vez que lo asentó en su tocador ya no volvió a salir de su cuarto.

EL EXAMEN EXTRAORDINARIO
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De regreso al punto de partida, el examen extraordinario era mi última oportunidad para salir de la secundaria. No asistir a la fiesta pasaba a segundo término, ahora lo importante era no reprobar el año. Me preparé con mucho entusiasmo para la prueba que incluía un ejercicio matemático que jamás aprendí en T-O-D-O lo que duró el curso, y en vez de pedir ayuda, le aposté a lo que “medio me sabía”, terrible error.

El día del examen había cinco o seis compañeros que estaban en igual situación. No sé si habrá sido mi percepción, pero a ellos los veía relajados. Habían llegado a esas instancias por flojera, por descuido o qué sé yo. Empero, lo mío era patológico, siempre reprobaba matemáticas y la única vez que no ocurrió me sentí raro, como que algo me faltaba.

Llegado el momento nos sorprendió a todos ver que el maestro envío a un suplente en su lugar. Me sentí como un condenado a muerte cuya ejecución ni siquiera amerita al verdugo titular. Me sudaban las manos y el corazón me palpitaba a mil por hora. Iniciado el examen el suplente sentenció: “Tienen una hora, lo que no puedan responder en una hora no lo van a responder NUNCA…”

Cuando eché el primer vistazo al examen pensé que mi suerte había cambiado, pero en la última hoja venía el MALDITO ejercicio del que no sabía NADA. A lo largo de todo el curso nunca lo entendí, nunca lo estudié y ese no era el mejor día, ni para entenderlo ni para estudiarlo. Nada más de verlo mi mente se bloqueaba.

Ante la amenaza de que sólo disponíamos de una hora, opté por responder y realizar los ejercicios menores que –de acertar– me daban 70 puntos, y en consecuencia la aprobación. Apostaría todo a esos 70 puntos, y me olvidaba de los 30 del complicado y traumatizante ejercicio final. Lo mejor era ignorarlo.

Como la idea era pasar, no importando el cómo, cuando sentí que me había trabado intenté sacar un “acordeón”, pero el maestro adjunto me vio de inmediato y de fea forma me quiso arrebatar el examen. La presión a la que estaba sometido me hizo comportarme como un perro al que quitan su plato de comida, hasta el maestro retrocedió creyendo que le asestaría un golpe, luego me amenazó con reportar que estaba copiando y finalmente solté la prueba, y al hacerlo sentí que también estaba soltando mi vida. Había sido un año muy complicado, incluso de pensamientos suicidas.

Cuando regresé a mi casa me sentí destruido. No había nadie y me refugié de inmediato en mi recámara. Me derrumbé sobre el suelo y solté el llanto. Luego, empecé a reírme como un tonto y mi risa se hizo incontrolable. Llegué a las carcajadas, cada vez en un tono más grave y más extraño, jamás las he vuelto a escuchar y espero no volver a escucharlas en lo que resta de mi vida.

Entre las risotadas, fuera de mi control, alcancé a apreciar a la distancia, a un ser exactamente igual a mí. Ya no era yo quien reía sino él, me supongo que este desdoblamiento tendrá una explicación psicológica o psiquiátrica, pero el tipo reía y se reía de mí. Juro que todavía hoy –hasta el momento de escribir estas líneas– se me eriza la piel nada más de recordar.

En ese momento sentí miedo, cerré los ojos, no quise verlo, y con mis brazos me protegí. Quise gritar pero no pude, quise correr pero tenía el cuerpo engarrotado, y así, con lo que me quedaba de fuerza me lancé sobre un crucifijo que tenía en mi cama, lo aprisioné sobre mi pecho y con todo mi corazón dije: “¡¡¡DIOS MÍO AYÚDAME!!!” volví a caer al suelo…

A pesar de que la risa se apagó, no quería voltear a ver. Luego, todo se fue volviendo calma. Mentiría si dijera cuántos segundos pasaron, pero cuando alcé la mirada alcancé a ver de reojo (a mi derecha) a un hombre sentado sobre mi cama. Era un hombre como de entre 28 y 30 años, delgado, nunca lo vi parado, siempre sentado. Pelo negro, barba cerrada pero recortada, muy amable y sonriente con los brazos cruzados como diciéndome “platícamelo todo”.

En ese momento yo me encontraba sentado sobre el suelo, en la punta derecha de mi cama, del lado opuesto de la cabecera. Su presencia no me espantaba, por lo contrario me brindaba tranquilidad, su rostro me resultaba familiar, como el de alguien a quien no recuerdas pero de qué lo conoces, lo conoces. Vestía tenis, pantalón de mezclilla azul intenso y una playera tipo polo en color rojo. Cuando quise hablarle no pude, apenas una pregunta que salió de mi pensamiento, pero no de mi voz. Era el inicio de una charla telepática cuyo diálogo aún recuerdo a la perfección, como si hubiera sucedido ayer:

– ¿Quién eres? – Le pregunté
– ¿Quién soy?.. Eso es lo de menos, lo importante es que estoy aquí.
– ¿Ya estoy loco verdad? Estoy viendo cosas que no existen
– No, no estás loco… Estás razonando así que no estás loco… Y sí, sí existo
– No me digas que eres Dios…
– No, efectivamente no soy Dios… – me decía muy sonriente
– ¿Sabes? Lo que pasa es que no tienes idea de lo que me está pasando ¬– le dije
– Te equivocas – me respondió– sí sé lo estás viviendo y estoy seguro que vas a salir adelante
– ¿Tú crees?
– Por supuesto… pero tienes que creer en ti… Sientes que le has fallado a tus padres…
– Sí, les fallé y muy feo…
– En realidad te fallaste a ti… pero vas a salir
– ¿Pero y el examen de matemáticas?
– ¡Hay por favor!…
– No respondí el ejercicio… y el maldito ejercicio valía 30 puntos del examen…
– Bueno… ten fe…

Metido en mis preocupaciones no me di cuenta en qué momento desapareció… Habré cruzado, ya sin verlo, unas cuatro o cinco frases más, y así como llegó, se fue. Yo estaba seguro que aquello fue un espejismo, que simplemente me dormí despierto. Cuando pude reaccionar, reflexioné conmigo mismo: “Qué loco estoy, primero me veo a mí mismo y luego a un tipo de barbas sentado sobre mi cama”. Todo había sido tan real que estaba convencido se trataba de un sueño; un estado catatónico en el que yo mismo habría colocado las palabras que necesita oír. No me quedaba la menor duda, mi imaginación me había mostrado el lado amargo y el lado dulce de la vida aunque, me quedaban algunas espinitas ¿Por qué todo había ocurrido a plena luz del sol? ¿De dónde conocía yo al tipo de las barbas?

GRACIAS A DIOS

Un par de días después mi madre solicitó al maestro de matemáticas estar presente al momento de la calificación. El profesor era una persona dura que no se dejaba intimidar por nadie, ni siquiera por la mirada de mi “Jefa”, que ya es decir mucho.

El maestro fijó la hora y llegamos puntuales a la cita. El edificio de la secundaria estaba vacío porque todo el mundo estaba de vacaciones. Era el momento de la verdad. Yo tenía la plena confianza de que los primeros 70 puntos eran míos, y en el supuesto caso de que hubiera un error, aun así llegaría a 60, calificación más que suficiente para brincar la situación, pero de los otros 30 puntos (los de la última hoja) ni hablar, esos estaban fuera de mi presupuesto por una sencilla razón: jamás desarrollé el ejercicio, no lo hice y ni siquiera lo intenté.

Cuando el maestro inició la calificación en presencia de mi madre y vi como cayeron las primeras “palomas”… una buena, dos buenas, tres buenas… Me puse muy contento, pero el viento cambió de dirección, y tras los primeros aciertos llegaron tres errores seguidos, y al final un acierto más, para sumar un total 40 puntos. Ya no quise ver más e incliné la cabeza. Sin embargo, para mi sorpresa el profesor pasó a la hoja final y le escuché decir, “Si desarrollaste bien el ejercicio tienes 30 puntos más, y si no, pues paleta”. Luego se quedó callado y empezó a palomear supervisando cada parte del proceso… Bien, bien, bien… Volví la vista al examen y me preguntaba ¿Qué está haciendo el maestro? ¿Qué examen está calificando si yo NO desarrollé el ejercicio? Pero ahí estaba, era mi letra, eran mis apuntes, eran mis números…

Sobre el examen el maestro colocó la calificación de 7 pero me advirtió que en la boleta aparecería como seis. Yo todavía le pedí la última hoja para ver lo que “había desarrollado”. Estuve a punto de confesarle al maestro que yo no había hecho eso, pero de haberlo dicho, además de “burro”, habría pasado por fantasioso. En el trayecto de regreso a la casa, mi madre alcanzó a decir: “Pues gracias a Dios pasaste el examen”… Recuerdo muy bien aquel momento porque le respondí: “Pues sí, tienes toda la razón… Gracias a Dios”…

¿Acaso era posible que un tipo tan alejado de la religión tuviera una revelación de esa índole? Yo pude haber imaginado lo que ocurrió en mi cuarto, pero ¿quién hizo el ejercicio matemático de la última hoja? Esa ya no era mi imaginación. Lo platiqué con un amigo que era monaguillo, luego lo quise abordar con un psicólogo, pero el momento se fue diluyendo y además me tomarían por mariguano o protagónico.

SÍ, SÍ ES ÉL

De vacaciones en la ciudad de México le platiqué a uno de mis primos mayores, que por aquel tiempo era muy religioso y muy metido en estos temas, lo que me había sucedido, y cuando terminé de contarle me pidió detalles sobre la descripción física del personaje. Me sometió a un interrogatorio grueso y pensé que era para agarrarme en la mentira, pero al final concluyó: “No, no era Jesús al que tú viste, el que se te apareció fue otro” Luego me llevó al cuarto de su madre (hermana de la mía), en donde estaba la imagen gemela de San Judas Tadeo… Lo tomó en sus manos y entonces me dijo:

– Velo bien… ¿Era él?...
–¡Carajo! Sí, efectivamente, ese era el rostro del hombre al que había visto… En sueños, catatónico, borracho o mariguano, pero había platicado con el santo al que le reza mi madre. Muchos años después sabría que se le conoce como “El santo de las causas imposibles”. Mi madre le rezaba a él y le pedía por mí, pero por qué pude verlo yo, si ella lo merecía más.

Con el certificado de la secundaria en la mano les prometí a mis padres que seguiría estudiando sólo para darles la satisfacción de estar en una fiesta de graduación, aunque en realidad estuvieron en dos: en la fiesta de la preparatoria, y en la fiesta de mi carrera profesional cuando me gradué como licenciado en periodismo.

Durante 30 años mantuve con reservas este suceso por temor a que la gente se burlara de mí, pero pienso que sí las cosas malas tienen publicidad por qué esto no debía darse a conocer. Sigo siendo muy escéptico y muy alejado de la iglesia, pero lo que me ocurrió aquella tarde fue muy raro y muy bello ¿Locura o milagro? Cada quien tendrá su propia definición. En tanto, les anexo una foto con la imagen de San Judas Tadeo que mi madre aún mantiene en su cuarto.

Francisco Verdayes Ortiz
Cancún, Quintana Roo, México
Miércoles 28 de septiembre de 2011

A UN GRAN AMIGO...




Lo conocí en Chetumal allá por 1965. Era un tipo alto, de buena presencia, de voz potente, pero no modulada… Nunca le conocí ideología política pero practicaba la igualdad, pues para él valía lo mismo el rico que el pobre… Asistía muy poco a la iglesia (católica) pero siempre le veía ayudar a sus semejantes.

Un día instaló una funeraria en Cozumel y en su primer servicio le fue muy mal: el difunto era un campesino muy humilde, y no sólo no cobró el ataúd sino que encima sacó dinero de su bolsa para que la viuda pudiera regresar a su pueblo. La “inauguración” había sido fatal, pero el hombre estaba ¡Feliz!

Como empresario era un rotundo fracaso, pues en vez de aplastar a la competencia comulgaba con la idea de que “el sol nace para todos”. Siempre me dijo que más valía tener un amigo que un peso, y a menudo decía que Dios había hecho el mundo y el diablo, el dinero…

Se encargó de cambiarle totalmente el significado a la frase maquiavélica de “Divide y vencerás” que nos dice que evitando alianzas en nuestra contra, nadie podrá derrotarnos. Para él, “Divide y vencerás” era compartir, incluso aliándose con su enemigo.

Siempre lo consideré valiente porque muchas veces lo vi sonreír ante el peligro. Un día le pregunté – ¿Qué, tú no tienes miedo? – ¡Mucho! –Me respondió– pero tengo que controlarlo. En alguna ocasión alguien le preguntó si por el hecho de tener una funeraria no le daba temor trabajar entre los muertos y fiel a su estilo me contestó: “A mí me dan más miedo los vivos”.

Su mayor ambición: vivir la vida…
Su profesión: aprendiz de todo y oficial de nada: locutor, modelo, fotógrafo, camarógrafo, periodista, vendedor, payaso, agente sanitario, cerrajero…
Su tierra natal: Quintana Roo, porque decía que el hombre es de donde se hace y no de donde nace, así que el Distrito Federal  no significaba nada para él.
Su "deporte" favorito: el cubilete, casi siempre ganaba y las cervezas le salían gratis.
Su mayor orgullo: hacer que su palabra valiera más que su firma, y poder abrir la puerta de su casa sin tener que mirar por la rejilla.

En su relación matrimonial reflejaba la enorme seguridad que poseía. Alguien, por querer intrigar, en una reunión de caballeros públicamente le preguntó: “Oye, ¿y tú confías plenamente en tu mujer?” Con la sangre fría que le caracterizaba esbozó una sonrisa y respondió: “Bueno, yo sé con quién estoy casado ¿Tú no?”.

Jamás me presumió sus amistades, pero con el paso de los años me fui enterando que artistas, deportistas e intelectuales formaban parte de su grupo, el último que le conocí fue al escritor Juan Rulfo, y supe que había sido su amigo sólo porque Rulfo murió.

El destino le puso a prueba, aquella su frase de “más vale tener un amigo que un peso”, porque cuando le amputaron una pierna, y sus amigos se enteraron que estaba en condiciones económicas desfavorables, ese mismo día una hoja de papel, arrancada de un cuaderno barato, circuló por los bares, comercios y cafés, y el aporte fue verdaderamente copioso. Al calce estaban los nombres de los hombres más poderosos de Cozumel, mezclados con los de la gente más humilde de la isla.

Por problemas de diabetes y várices esofágicas su tiempo de vida estaba contado: Un año y medio, a lo más… Nos engañábamos mutuamente… Yo, no diciéndole la verdad y él, haciéndome creer que no la sabía.

En la madrugada del 6 de enero de 1989, en el hospital “Manuel G. González” de la capital de la República, tuve el privilegio de estar a su lado. Su corazón se detuvo para siempre en un Día de Reyes…

¡Cómo te extraño viejo! ¡Cómo te extraño papá!... 

En recuerdo de Francisco Humberto Verdayes y Sapién (1928-1989)

Francisco Verdayes Ortiz
Publicado en Novedades de Quintana Roo
el jueves 6 de enero de 2000,
sección “Voces y Opiniones”


EN ALGÚN MOMENTO ENCONTRARÁS A ALGUIEN EN LA MISMA SITUACIÓN EN QUE ESTUVISTE TÚ




Andaba por los 19 años de edad, era mi época de estudiante de periodismo y esa mañana me levanté muy temprano para viajar de la ciudad de México a mi natal  Cozumel en donde pasaría las vacaciones de julio y agosto con mis padres.

Como el boleto me lo habían comprado ellos no llevaba más que una mochila y escasos 50 mil pesos, de los de 1984, es decir 50 de los actuales. Mis viejos me estarían esperando en el aeropuerto de la isla así que ¿en qué más podría gastar? Pero ese día el destino me tenía reservada una sorpresa.

Cuando llegué a confirmar mi boleto la chica de Mexicana de Aviación me dijo que lo lamentaba mucho, pero que el vuelo ya estaba cerrado ¿pero por qué? Sucede que me confundí de hora. Lamentablemente tomé como referencia otro horario y en vez de llegar con sobrada antelación –como suponía– arribé a la terminal aérea una hora más tarde.

Muy gentil la señorita me dijo:
–Pero no se preocupe lo puedo programar para el siguiente vuelo que es dentro de una hora.
–Ah, pero ¿se puede? – Le pregunté extrañado ya que nunca en mi vida había perdido un vuelo.
–Sí claro que se puede, nada más paga la diferencia…

Para darles una idea: si el boleto costaba a mil pesos (o un millón como se decía en esa época) la diferencia era más o menos como del 30 por ciento, es decir que tenía que sacar en esos momentos 330 pesos y asunto arreglado. El problema es que yo sólo llevaba 50 ¿quién demonios me iba a prestar 280 en esos momentos? Confiado en que siempre me encontraba a un paisano formado en las filas pensé que en menos de media hora tendría el dinero en las manos.

–Sí señorita, sí lo voy a querer nada más que, mire, ahorita regreso porque estoy esperando a un amigo que ya está a punto de llegar – ¡Qué va!…Ni muerto hubiera reconocido que no tenía más que 50 pesos en la bolsa.

No sé qué haya ocurrido en el aeropuerto internacional Benito Juárez de la ciudad de México pero ese día no se apareció ni un maldito cozumeleño. Transcurrían los minutos que a mí me parecían segundos y nada. Para no “perder tiempo” me formé en la larga fila en donde debía pagar la diferencia. Al fin y al cabo estaba segurísimo que alguien llegaría a mi auxilio, pero no ocurrió así. Me sudaban las manos y se me hizo un hueco en el estómago. Solamente eran 280 mugrosos pesos, una cantidad ridícula pero suficiente para que no abordara el avión.

Para mi desgracia la fila avanzaba con fluidez y en menos de lo que canta un gallo ya estaba frente a la encargada a quien le entregué el boleto, sacó la cantidad que ya antes me habían advertido y mientras eso sucedía yo volteaba hacia todos lados en busca de un milagro guadalupano que nunca llegó.

La chica se dio cuenta que estaba en problemas porque era más que evidente mi nerviosismo…
–¿Y bien? – Me dijo– lo va a querer ¿o no?..

No sé cómo pude hacerlo pero lo hice:

Desesperado por la situación saqué de mi mochila una grabadora reportera que me habían traído de Estados Unidos. Era una auténtica maravilla moreliana ¿eh? Tenía micrófono adicional, “chupones” para grabar las conversaciones telefónicas, bueno… El equipo costaba mucho más que el viaje redondo, así de fácil… La asenté en el mostrador y le dije: “cómpremela no sea mala onda. Necesito 300 pesos y esto vale mucho más que eso”…

La joven me miró de frente y de reojo vio la grabadora. No había que ser un erudito para darse cuenta que el aparatito valía mucho más de lo que yo pedía. Pude verle el SÍ en los labios, no sé si para ayudarme o para aprovecharse de la situación, pero justo en ese momento escuché la voz de un hombre que venía detrás de mío:

“No se la acepte – dijo–… ¿Cuánto es? Yo lo pago”…  Sacó su cartera, liquidó el monto y me liberaron el pase de abordar, entonces quise entregarle mi grabadora pero la rechazó. Era joven como yo, aunque pienso que seis años más grande, tal vez unos 24 o 25. Vestía impecable con corbata y traje negro.

– ¿Usted es de Cozumel? – Le pregunté.
–No, soy de aquí del D.F…
–Pero va para Cozumel…
–No, voy para Guadalajara…
–¿Y me conoce?
–No…
–Deme su número de cuenta y le prometo que llegando a mi tierra, mi familia le va a depositar la cantidad que usted me acaba de prestar…

El joven trajeado se sonrió y me dijo: “Mira, sí de verdad me quieres pagar, algún día, en algún momento, alguien se ve a atravesar en tu camino y lo vas a encontrar en la misma situación en la que te encontré yo… Yo estoy pagando una deuda”. Estrechó mi mano, dio la media vuelta y se fue. Nunca supe quién era.

Cuatro años después ya había olvidado por completo este detalle y regresaba a Cozumel pero ahora por camión desde la ciudad de Mérida.

En el  embarcadero de Playa del Carmen me formé en la fila para comprar mi boleto y delante de mí iba una señora con un par de chiquillos. Cuando quiso pagar se dio cuenta que no llevaba el monedero, lo había extraviado o se lo habían robado –que sé yo– el caso que se jalaba los cabellos. Le suplicó al de la taquilla que le cobraran en Cozumel, que ahí la esperaba su esposo pero el empleado fue inflexible… “Deme los boletos, yo se los pago en Cozumel…”, decía casi al borde de las lágrimas la angustiadísima señora. Para mí fue un “flashback”. Saqué mi cartera y pagué los tres boletos ante la sorpresa de quienes atentos seguían el drama.

Una vez apartados de la escena la mujer no hallaba cómo agradecérmelo. Me preguntó si le conocía, le respondí que no. Me dijo que no me preocupara por el dinero, que su esposo me lo devolvería tan pronto llegáramos al muelle de Cozumel, insistía una y otra vez en que la plata me sería devuelta, y entonces aproveché para decirle: “Señora si verdad quiere pagármelo, algún día, en algún momento, se va a encontrar a alguien que va a estar en la misma situación que usted, y ahí me lo va a pagar porque yo en estos momentos estoy saldando una deuda”.

Francisco Verdayes Ortiz
fverdayes@hotmail.com
Cancún, Quintana Roo, México,
28 de septiembre de 2012

NUNCA SE LES OCURRA HACER ESTO...



Inocentemente pensé que sería muy nutritivo y muy saludable hacerme un jugo de betabel o remolacha, como le llamamos en la península de Yucatán. Lo que no sabía es que este verdura contiene altos niveles de azúcar. Además, se recomienda cocerla para aminorar este impacto, precisamente.
Hacer el jugo de remolacha fue un verdadero show, ya desde ahí debí haber advertido que algo andaba mal, pero no supe interpretar las señales que me mandaba la vida.
Cuando vi salir del extractor las primeras gotas del jugo casi me desmayo porque esto es lo más parecido a la sangre: densa, espesa... Por momentos me sentí en la cocina de Drácula. Además como no cocí los betabeles estaban duros y me costó trabajo triturarlos. Un show, repito.
Total que me serví un tremendo vaso y le di los primeros sorbos. mmmmm... Qué rico!!! Me tomé fotos porque pensaba recomendarlo ampliamente ¡¡¡NOOOOOO!!! Nunca lo hagan por el amor de Dios, sentí que todo me dio vueltas y se me revolvió el estómago...
Fue hasta entonces que consulté en internet y me di cuenta de la barrabasada que había cometido. Es como si me hubiera tomado seis Red Bull juntos. Por supuesto no me terminé el juguito y solo espero que mi sacrificio (idiotez) les haya servido de algo.


Francisco Verdayes Ortiz
fverdayes@hotmail.com
Cancún, Q.Roo, Méx.
21 de febrero de 2013

NUESTROS AMIGOS DEL MAR


Corría el año de 1970 y mis papás tuvieron en Cozumel la agradable visita de unos compadres suyos. Era la temporada de vacaciones y los amigos decidieron comprar una excursión a la Isla de la Pasión en la que se ofrecía pescar con cordel, nadar y divertirse en aquel lugar, además de disfrutar una deliciosa comida que incluía cebiche de caracol y pescado a las brasas, acompañado de refrescos y cervezas.

La Isla de la Pasión es en realidad un islote de la misma Cozumel, ubicado a unos 10 kilómetros del muelle principal, bordeando por la costa hacia el norte. En 1970 yo tenía cinco años y era el más ilusionado en viajar ahí. Había otros niños sí, pero yo era el local y me sentía amo y señor de la situación.

Por la mañana de ese día salimos del muelle unas tres parejas de adultos, tres o cuatro niños, el capitán de la embarcación y su ayudante, en total no más de doce personas.

El sol estaba radiante, el cielo despejado y las olas apacibles. Surcábamos por las aguas cozumeleñas como estuviéramos en una alberca y recuerdo que empecé a farolear con mis padres, que dizque yo los protegía. Los tomaba de las manos y les decía “no tengan miedo no va a pasar nada”. Me supongo que debieron haberse reído hasta el cansancio con mis poses de “salvatore”.

Durante el trayecto anzueleamos algunos peces que posteriormente serían guisados por la tripulación. Todo era bello: cielo, mar, cervezas, refrescos, ambiente, en fin, no había una sola mancha. Al llegar a la Isla de la Pasión nos encontramos con una auténtica sucursal del Paraíso. Ahí comimos y chapoteamos un rato, y cuando más divertidos estábamos el capitán observó el cielo, le hizo algunos comentarios a su chalán y nos gritó que teníamos que retirarnos inmediatamente. Los adultos le pidieron una explicación y el “capi” les dijo que venía un mal tiempo, algo inesperado.

El panorama, sin embargo, no concordaba con sus palabras: cielo azul, sol intenso, mar en completa calma. Aun así levantamos nuestras cosas y abordamos el bote. Como a los 10 minutos de haber partido de la Isla de la Pasión el cielo empezó a oscurecerse, y las aguas, antes bonancibles, comenzaron a picarse. No sé qué gaviota le habrá pasado la información al capitán pero tenía razón, se estaba iniciando un temporal.

Media hora después el escenario ya era completamente adverso. Las olas se volvieron más ofensivas, el sol se retiró y nuestra embarcación empezó a zarandearse como cáscara de nuez. Ahora eran mis padres quienes me protegían y yo estaba sumamente asustado. Los adultos se daban ánimos unos a otros diciendo que todo estaba bajo control, pero el rostro del capitán –mezcla de seriedad y preocupación– no me daba buena espina.

Cuando más picado estaba el mar, cuando las olas empezaron a verse más amenazantes y los gritos de “¡No se preocupen!” fueron suplidos por los de “¡Agárrense fuerte!” y “¡No se suelten!”, aparecieron aletas dentro del agua; estábamos rodeados de aquellos picudos triángulos irregulares y todos gritamos ¡¡¡TIBURONEEES!!! Fue hasta entonces que el capitán intervino aclarándonos: “No señores no son tiburones, son delfines”. Una manada de cetáceos que viajaba al sur de Cozumel en busca de refugio nos encontró en su camino. Era obvio que no acudieron a nuestro rescate, sin embargo, el simple hecho de sabernos rodeados por ellos nos sacó de la histeria y encima nos inyectó ánimo.

Lo que a continuación vi marcó mi vida:

Los delfines empezaron a realizar formaciones en fila india. Dejamos de gritar para fijarnos en sus movimientos, porque a nuestros costados –daba la sensación– creaban escudos para aminorar la intensidad de las olas y estabilizar la embarcación. Hacia el frente iba otro grupo de avanzada. El capitán no quitaba la vista de los punteros; no había que ser muy experto en cuestiones marinas para darnos cuenta que aquellos nos estaban guiando y así nos enfilaron hacia la rada cozumeleña en donde –literalmente– nos dejaron sanos y salvos. Ahí los vimos partir, no sin antes juguetear un rato con la embarcación, y en aguas menos profundas alcanzamos a ver su pícara sonrisa. Desde aquel día supe de la amistad que existe entre los delfines y los humanos…


Francisco Verdayes Ortiz
fverdayes@hotmail.com
Cancún, Quintana Roo, México
24 de febrero de 2013

Anexo...

NO ESTUVO FEO, ESTUVO REFEO, DICE MI SACROSANTA...

Les agradezco infinitamente a todos los amigos que me han estado comentando, fuera de Facebook, la anécdota que publiqué en mi muro, el domingo pasado (24 de febrero), misma que intitulé "Nuestros amigos del mar". Es un relato que pudiera parecer un cuento, pero fue un hecho real.

Acabo de platicar con mi madre, hace unos minutos, y me aclara:

1) Que no tenía cinco años sino entre tres o cuatro.
2) Que yo gritaba "Soy muy joven para morir". jajajaa...
3) Que no exageré en la percepción que tuve sobre el peligro que vivimos, pues el capitán recomendó que la gente adulta se amarrara a la embarcación para no salir disparada al mar.
4) Que no pudimos costear antes, es decir pegarnos a la costa porque era zona rocosa y el capitán consideró que podíamos impactar la embarcación y salir heridos o muertos.
5) Que la cosa fue tan seria que los compadres de mis papás aseguraron que no volverían a Cozumel después de tan terrible experiencia.

En conclusión: Me quedé corto, no estuvo feo, estuvo REFEO. Si no la han leído se llama "Nuestros amigos del mar", está en mi muro y hago un merecido homenaje a esos seres de sonrisa pícara que aquel día nos rescataron.

Francisco Verdayes Ortiz
fverdayes@hotmail.com
Cancún, Quintana Roo, México
26 de febrero de 2013






EL CALDO DE GALLINA



La primera vez que oí la expresión “caldo de gallina” me pareció muy simpática, y como se la escuché decir a un campesino maya pensé que se trataba de un regionalismo. Durante  años, a lo largo de mi infancia y mi adolescencia en la isla de Cozumel, seguí oyendo ese término: “caldo de gallina”, pero como siempre lo mencionaba la gente nativa, concluí que era una manera yucateca de llamarle al caldo de pollo.
Crecí con el error y nunca pregunté a mis padres ya que en la casa siempre se cocinó caldo de pollo. Algún día pagaría cara mi equivocación...
En 1991 trabajaba en un periódico de la ciudad de México. Me moría de hambre pero cerca del rotativo había un puesto callejero de comida, que pensé era de tacos.  El lugar estaba lleno así que deduje debía ser algo rico. Me acerqué  y pregunté qué era lo que vendían: “Caldo de gallina” – me respondieron…  ¿Caldo de gallina? Órale como en Cozumel –dije para mis adentros. Sin pensarlo chequé mi bolsillo y el número de monedas coincidía con el costo del caldito….
Yo vi que todos saboreaban el manjar. Cada bocado, cada cucharada, cada sorbo de los comensales era digno de fotografía, y con el hambre que traía pedí mi caldo de gallina. Así recibí una rica y deliciosa sopa, acompañada de tortillas hechas a mano, salsas de primera línea, garbanzos y cebollita picada. Aquello era una delicia, pero cuando di la primera mordida ¡¡¡BOLAS!!! Hubo un corto circuito en mi cerebro. El sabor era diferente al pollo, la carne era muy dura y las piezas me parecían enormes… Se me revolvió el estómago porque, evidentemente, NO ERA POLLO…  Volteé a ver al resto de los clientes y nadie decía nada. El único que traía cara de asco era yo…
Pensé comerme nada más los garbanzos y el caldito pero ¿Cómo? Sabrá Dios de que animal estaba hecho eso…  Tuve pensamientos zopiloteros que fortalecieron mis náuseas así que, no quedándome otra, me limité a las tortillas con sal acompañadas del chesco. Por supuesto todos se quedaron intrigados cuando me levanté y dejé entero el caldo de… ¿gallina?
Me metí al periódico a trabajar, pero aquel suceso fue tan impactante que de inmediato se lo platiqué a un amigo, y al final de la charla rematé con la frase: “Te juro que eso NO es caldo de pollo”… Entonces mi compañero frunció el ceño, en señal de extrañeza, y me respondió:
– Por supuesto que no es caldo de pollo, es caldo de gallina…
–A ver, a ver… –le dije – Qué, ¿el caldo de pollo y el caldo de gallina no son lo mismo?
–No… La gallina es más grande y es más dura. El pollo es tiernito…
–Entonces… lo que venden allá es caldo de ¡¡¡gallina!!!

Con 26 años de edad caí en la cuenta: La expresión caldo de gallina no era un regionalismo y aquello tampoco un zopilote. Siempre viví en el error ¡Por Dios! A los dos o tres días volví al puesto callejero, pedí un caldo de gallina y esta vez ¡¡¡NO SE LA PERDONÉ!!!   

Francisco Verdayes Ortiz
fverdayes@hotmail.com
6 de marzo de 2013
Cancún, Quintana Roo